viernes, 24 de enero de 2025

El año pasado fue el peor año de mi vida. Sentí cómo se me rompió el corazón en mil pedazos. Todo lo que creía ordenado, todo mi plan de vida, lo que pensaba que me gustaba, lo que pensaba que pensaba se derrumbó. No hubo una parte de mí que no cambiara de lugar. Llegó un punto en el que me dio miedo estar deprimida pero tampoco podía salir de todo lo que me hacía mal. Sentía culpa por todo. Pasaba 9 horas todos los días en un trabajo que me mataba emocionalmente y después iba a la facultad a hundirme en la apatía más desgarradora. Era raro porque, por un lado, me sentía una capa por creerme más viva que todos, pero al mismo tiempo me destruía que esa fuera la consecuencia de que me hubiesen roto el corazón.  

Renuncié y me recibí y sentí una liberación total. Pero cada tanto vuelvo a enojarme mucho. O mejor dicho, sigo muy enojada, nunca dejé de estarlo, y cada tanto el sentimiento reflota. Me encuentro reviviendo conversaciones en mi cabeza y termino al borde de las lágrimas. Por un lado siento que debería usar todo ese enojo como energía para hacer cosas que me harían bien: volver a alemán, hacer algún deporte, hacer actividades creativas, como una especie de efecto contrario. Por el otro, siento que me debo a mí misma un tiempo de horizontalidad (o sea, no hacer nada), sacarme todas las presiones que me impuse y que todavía me impongo inconscientemente. Tal vez debería encontrar un buen medio.

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